A partir de la década del setenta, la arqueología chilena sufre su última y más grande transformación, marcada por el comienzo de las investigaciones de los primeros arqueólogos que han completado estudios universitarios sistemáticos y específicamente orientados a la arqueología en Chile. Desde este momento, la cantidad de investigadores experimenta un crecimiento muy acelerado y el conocimiento sobre los distintos temas se vuelve mucho más diverso. Por esta razón, es difícil identificar personas con roles protagónicos en el devenir de la investigación, tal como lo hicimos en los capítulos previos. De aquí en adelante será mucho más importante el esfuerzo colectivo y el trabajo de equipos de investigación.


XIV Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Copiapó, 1997. Foto L. Cornejo
Buena parte de este período está marcado por los casi 20 años de dictadura militar, cuyos principales efectos fueron la ya citada clausura de dos carreras de arqueología, así como la fuerte persecusión a los intelectuales e instituciones culturales en general. De esta manera, aunque el comienzo de los estudios universitarios en arqueología debe considerarse como un gran avance, éstos se dieron en el marco de instituciones fuertemente reprimidas por las autoridades, con la expulsión de muchos docentes de calidad y, por sobre todo, una tenaz persecusión ideológica.

En la carrera de Arqueología de la Universidad del Norte, se titularon a mediados del decenio de los setenta 18 investigadores, la mayoría de los cuales se dedica a la arqueología del Norte Grande. Buena parte de este contingente ha formado la planta de investigadores de dos importantes instituciones dependientes de universidades del norte del país, ambas localizadas en regiones extremadamente ricas en recursos arqueológicos. En San Pedro de Atacama, la Universidad Católica del Norte mantiene el Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo R.P. Gustavo Le Paige, formado a aprtir del museo que fundara el destacado sacerdote jesuíta, mientras que en el valle de Azapa (Arica), se localiza el Museo Arqueológico San Miguel de Azapa, dependiente de la Universidad de Tarapacá y heredero del Museo Regional de Arica.

En 1969, se funda en Punta Arenas el Instituto de la Patagonia, que posteriormente pasaría a ser parte de la Universidad de Magallanes. Esta institución ha estado dedicada a promover la investigación científica en esta austral región del país y ha tendido una importancia gravitante en el desarrollo de la investigación arqueológica de ese territorio.

Por su parte, el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile en Santiago tiene sus tres primeros egresados entre 1974 y 1976, a los cualoes en los últimos años se han ido sumando muchos otros, a un ritmo entre 3 y 5 cada año. Aunque durante los primeros años estos arqueólogos también tuvieron una especial predilección por la arqueología del norte del país, desde finales de la década de los setenta comienzan a interesarse también por la arqueología de Chile central, mientras que a medidos de los años ochenta incorportan a sus intereses la Zona Sur.

Ambas áreas, que recibieron cierta atención previa, por parte de gente como Bernardo Berdichewski y Julia Monleón, eran en gran medida desconocidas. Hoy, sin embargo, en Chile Central y la Zona Sur se encuentran trabajando más de 40 investigadores, la mayor parte egresados de la Universidad de Chile a partir de mediados de los ochenta. Estos, reunidos en varios grupos de trabajo, se preocupan de temas tan diversos como la ideología, la tecnología, la organización social y la historia cultural.

Durante estos últimos años, no sólo las universidades han sido instituciones importantes en el quehacer arqueológico; también lo han sido los museos del país. Además de los ya citados de Arica y San Pedro, hay que mencionar a los museos de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos: el Museo Nacional de Historia Natural, cuya Sección de Antropología tienen a su cargo la mayor colección arqueológica del país; el Museo Arqueológico de La Serena, el Museo regional de La Araucanía, el Museo Regional de Atacama y el Museo Regional de Antofagasta. También debe destacarse museos municipales, como el Museo Regional de Iquique, el Museo de María Elena, el Museo Francisco Fonck (Viña del Mar) y el Museo del Loa (Calama), e incluso algunos privados, como el Museo Arqueológico de Santiago, todos los cuales han contribuido en la medida de sus posibilidades a la conservación del patrimonio cultural.

Una mención debe hacerse del Museo Chileno de Arte Precolombino. Este, si bien ha tenido como especial objetivo la difusión del arte y la cultura de los pueblos precolombinos de toda América, se ha convertido en un importante centro de investigación. Sus arqueólogos y otros investigadores, entre los que se cuentan todos los autores del presente volumen, han cubierto una gama muy amplia de campos del conocimiento: el poblamiento más temprano de nuestro territorio austral, la música indígena, el arte rupestre y el significado de la iconografía de los textiles mapuches, por nombrar sólo algunos.

El actual desarrollo de la investigación arqueológica en nuestro país, especialmente en Chile central y la Zona Sur, está fuertemente asociado a la creación del Fondo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (FONDECYT), que desde mediados de los años ochenta se ha convertido en la más importante fuente de financiamiento para la ciencia en Chile. Este Fondo llama todos los años a concursos en los cuales investigadores de distinta filiación institucional, incluso dependientes, presentan proyectos que son evaluados por especialistas en cada tema a escala nacional e internacional.

Todo este proceso ha sido enmarcado e la clara definición de la arqueología como una ciencia cuyo seno natural se encuentra más cerca de las ciencias sociales que de la historia y, dentro de ellas, ciertamente más próximo de la antropología. A partir de este momento, el trabajo de los arqueólogos estará mucho más vinculado con el de otros especialistas, tales como los etnohistoriadores, que participan activamente en el debate sobre la prehistoria; los geólogos, que realizan un aporte crucial en el estudio de los poblamientos más tempranos; los físicos, primeros especialistas en desarrollar en Chile una técnica para medir la edad de la cerámica; y los biólogos, que han hecho singulares aportes en el estudio del clima y la ecología de los tiempos prehistóricos.

En la última década han surgido corrientes de especialización entre los arqueólogos más jóvenes, que han ido más allá de la tradicional concentración en determinadas regiones de estudio, relacionándose preferentemente con los tipos de restos que se encuentran en los sitios arqueológicos (alfarería, tejidos, restos óseos). Junto con esta especialización se ha inaugurado una serie de temas que previamente no eran considerados o, en otros casos, se suponía inaccesibles para los arqueólogos. El arte rupestre, un tema que por decenios fue una preocupación casi exclusiva de Hans Niemeyer, ha recibido nuevos impulsos que buscan comprender su cronología, contexto social y significado. La ideología de los pueblos prehistóricos, un campo en el cual hasta hace muy poco se suponía que era posible únicamente especular, ha comenzado a ser motivo de estudios sistemáticos.



Homenaje a Guillermo Focacci, XV Congreso Nacional de Arqueología Chilena, Arica, 2000.
Reproducida de Revista Chungara volumen especial, 2004.

En estos últimos años la investigación arqueológica se ha puesto también al servicio de problemas de nuestra propia sociedad, muy especialmente en lo referente a la participación de la arqueología forense en la investigación judicial sobre detenidos desaparecidos. A la vez, en la década de los noventa, la incorporación de arqueólogos en estudios de impacto ambiental y el trabajo junto a las casas editoriales en libros escolares de historia, han permitido un mejor conocimiento público y protección del patrimonio arqueológico nacional, siempre amenazado por el avance de nuestra sociedad industrializada.

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